El rubor se aborda dividiéndolo en dos tipos: el «vascular», en el que el problema es el propio vaso dilatado, y el «de barrera dañada», en el que la piel se irrita con facilidad porque su capa protectora está debilitada. El tipo vascular se caracteriza por que se transparentan los capilares o por que la cara se acalora de golpe con los cambios de temperatura o de estado de ánimo, y a veces se acompaña de tendencia a la rosácea. En el tipo de barrera dañada aparecen sensación de tirantez, escozor e irritación con los cosméticos tras el lavado, y con frecuencia la causa es una exfoliación excesiva o un cuidado en casa inadecuado.
En la práctica, es frecuente que ambos factores se mezclen. Si la piel tiene los vasos dilatados y además la barrera debilitada, hay que diseñar juntos el tratamiento vascular y la recuperación de la barrera para reducir las recaídas. El primer paso del tratamiento es confirmar, mediante la exploración con lupa y equipos de diagnóstico cutáneo, cuál de los dos componentes predomina.




